Sobre la muerte y la Arquitectura
Cosas que "me se" pasan por la cabeza...
Varias veces he tenido la oportunidad de estar junto al cadáver de una persona (esta es una de las cosas que tiene ir cumpliendo años… que uno acaba haciendo, de forma casi natural, cosas que antes ni siquiera se le habían pasado por la cabeza). Lo cierto es que en todas estas ocasiones he tenido una misma sensación: cuando me he encontrado ante un cadáver he tenido la certeza de que esos cuerpos habían quedado vacíos… sin rastro del ser que habitó ese cuerpo durante toda una vida. Esto ocurre además en un instante: en el preciso momento en que la vida cesa. No hablo en este contexto de consideraciones de carácter religioso o metafísico (eso sería objeto de otro debate). Hablo por el contrario de algo fisiológico… hablo de líquidos que dejan de fluir, de pulsaciones, de reacciones químicas que se interrumpen… el mejor diseño de la naturaleza convertido, en ese instante, en un inútil recipiente vacío, un material de desecho cuya única utilidad sería volver a formar parte de la tierra de la que proviene.
También he tenido la oportunidad de visitar algunos edificios sin vida e incluso de construir uno que nació muerto (*1). La única ventaja respecto a los seres vivos es que la muerte de un edificio no tiene necesariamente que ser irreversible. Incluso me he encontrado paseando por las calles desoladas que atravesaban el cuerpo inerte de toda una ciudad (*2), sintiéndome como el forense que disecciona las entrañas de un cadáver, intentando adivinar las causas de tan brutal muerte. La muerte de las obras de arquitectura (y de las ciudades como suma de estas) puede sobrevenir por causas ajenas al propio proyecto del edificio: Existen motivos económicos, riñas políticas, programas vacíos de contenido… enfermedades que normalmente escapan al control de los arquitectos, que ven casi como la vida de “un hijo” se apaga entre sus brazos sin poder hacer nada para evitarlo. Otras veces (las más) la muerte se produce porque los arquitectos (en nuestro papel de dioses) creamos un ser enfermo cuyo destino es degenerar hacia una muerte más o menos lenta y dolorosa. Estos edificios suelen dar síntomas de sus enfermedades casi desde su nacimiento, ya que se tratan, en realidad, de enfermedades congénitas.
Cuando hablo de muertos, referido a obras arquitectónicas, no estoy pensando en ruinas: estas, por el contrario, suelen ser un legado póstumo que perdura en el tiempo, como la obra de un buen artista, músico o escritor permanece después de la muerte de su autor. Precisamente las ruinas de aquellos edificios que mejor sirvieron en vida a los propósitos para los que fueron creados son las que tiene una vida más larga: sus piedras nos cuentan su historia y las historias de los que los habitaron. Hablo de obras en las que sus “fluidos vitales” no llegan a discurrir con fluidez y van quedando paralizados, encaminados hacia una muerte segura; organismos en los que las reacciones químico-eléctricas, que son la vida, no encuentran un espacio sináptico por el que transmitirse o directamente no llegan ni a producirse.La enfermedad o muerte de los seres vivos suelen tener motivos que se escapan a nuestro control (aunque el hombre es de los pocos seres que tiene tendencia natural a la autodestrucción consciente). Las de la arquitectura suelen tener por causas la prisa, el dinero, la política,… pero también (y esta me entristece profundamente) los propios arquitectos que por desinterés o por simple incapacidad, en muchos casos, parecen haber olvidado que el verdadero objeto de su trabajo es la vida.
En un cuerpo sano, los fluidos recorren el organismo de forma armoniosa y acompasada, cada órgano cumple su función en perfecto equilibrio con el resto. El aire que respiramos oxigena toda la maquinaria... Los habitantes de un edificio son la sangre de la arquitectura. Un único fluido compuesto de miles de elementos distintos (especializados) y complementarios. Si no se anteponen las personas a cualquier otro criterio (la imagen, los formalismos, la vanidad, los intereses económicos, el poder,…) nuestras arquitecturas y por ende nuestras ciudades nacerán predispuestas “genéticamente” a la enfermad y estarán condenadas a una muerte anticipada y segura. Cada edificio es una oportunidad de mejorar la vida de las personas que lo habitan; la suma de muchas buenas arquitecturas producirán, sin lugar a duda, una ciudad mejor.Los arquitectos tienen la responsabilidad de trabajar para evitar las oportunidades perdidas, proyectando para mejorar la vida de las personas y mediando con el resto de actores del proceso para establecer este principio como base de todas las actuaciones que se realicen.






sábado, 05-12-09 01:32
Interesante el símil entre vida-muerte y arquitectura. Ya que parece olvidado, en la mayoría de los casos, que una obra debe tomar vida. Este fenómeno sólo se produce cuando "la sangre circula"(siguiendo con tu comparación), es decir, cuando la PERSONA acoge con agrado la arquitectura, porque a parte de una estética, programa, funcionamiento, etc, ésta se plantea y se piensa desde el punto de vista más importante, desde aquel al que va destinada, aquel al que pretendemos hacer su vida "un poquito" mejor, en la medida de lo posible.
Una ARQUITECTURA HUMANIZADA. VIVA
De lo contrario, como bien dices, la arquitectura nace muerta y colabora a empobrecer en todos los sentidos, tanto a la ciudad como a las personas